Como un largo gusano hambriento el tren avanza recorriendo túneles. De cuando en cuando para, vomita su carga como si fuera un exceso de equipaje en su estómago. Pero de nuevo en su hambre compulsiva, interminable devora una nueva remesa de almas grises, adormiladas que avanzan recorriendo túneles como gusanos hambrientos hasta la siguiente estación de sus vidas.
viernes, 28 de octubre de 2011
viernes, 21 de octubre de 2011
El viejo contorsionista
No pretendas fingir que para ti la postura no es un problema. Por Dios, Fermín, que tienes 69 años y esos gemidos no son de placer. Anda, deja de hacer tonterías y vamos a rezar como los misioneros, que tú ya no estás para estos trotes…
miércoles, 28 de septiembre de 2011
De estrellas y poetas
Después de unos días sin publicar nada hoy os dejo con los dos microrrelatos que mandé a ReC: "Noche estrellada" y "Poetas".
Noche estrellada
La noche es una estrella en tu cucharilla. La sujetas con desgana justo después de remover el té dejando caer las últimas gotas en la taza. Sé que has dicho algo. Debe ser importante porque te has quedado quieta, sujetando nerviosa la noche suspendida sobre la superficie humeante. Intento comprender, buscar en tu mirada ansiosa pero mi mente no quiere escuchar tu mensaje. Me miras, esperas. Lo sé. Pero yo ya sólo puedo ver la última gota que resbala del metal y con ella mi cielo se queda sin estrellas.
Poetas
-La noche es una estrella en tu cucharilla…
-Siempre fuiste un poeta…
-Pero el brillo del metal es frío. Me cala los huesos...
-Por eso me enamoré de ti. Pásame el mechero.
-Enciende en tus manos la llama que calienta mis sueños…
-Anda, échale algo a la hoguera que yo también me estoy pelando. No sabes la rasca que hace en esa puta rotonda. Tú con tus letras tan feliz pero la que se lo curra al final soy yo.
-Dame un poco de esa estrella. Mi noche se apaga…
-Mi pobre poeta triste… Ya no tienes remedio…
-Tú tampoco.
jueves, 15 de septiembre de 2011
Moderno Pigmalión
Más tarde, con el tiempo, plantaremos un árbol. Con un poco más de tiempo, tendremos un hijo, o dos o tres. Seremos felices y viviremos en un chalet a las afueras con un hermoso jardín. Rodeados de buenos vecinos pasaremos una vida feliz y tranquila. En ese entorno idílico podremos escribir nuestros libros. Envejeceremos juntos viendo crecer a nuestros nietos. Y finalmente, cuando ya no tengamos nada más que hacer ni decir nos iremos a dormir acurrucados y descansaremos. Sólo me queda un detalle por perfilar en este proyecto: sacarte de esta maldita pantalla para poder abrazarte.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Liberación
Lleva horas despierto cuando suena el despertador. Se ducha, se viste y se toma el café. Luego conduce por la misma carretera abarrotada de siempre. Al rato, los edificios comienzan a clarear y hay menos coches. De repente deja de ver cemento. Atraviesa una extensa pradera verde brillante salpicada de flores de todos los colores. A lo lejos se ven las montañas. Un riachuelo plateado baja ondulante. Hay una casita con tejado rojo y triangular. De la chimenea sale humo gris. El cielo es de color blanco y las nubes, azules. Igualito, igualito que los dibujos que hacía de pequeño.
jueves, 8 de septiembre de 2011
La terapia
“Por cierto ¿hoy es domingo?” Se pregunta Clara mientras le sirven el capuccino. Está en un café bohemio lleno de intelectuales, de esos que Manuel encontraba aburridos. Acaba de salir del cine de ver una romántica, de esas que Manuel llamaba pastelones. Observa la rosa que se ha comprado, de esas baratas e inodoras, pero siempre agradables de recibir. De esas cosas que Manuel decía que eran tan tontas porque las flores “no duran nada”. De repente recuerda aquellas tardes de fútbol, sofá y cerveza, tan distintas, tan lejanas, tan ajenas… Sonríe triunfal. “Sí, es domingo, tengo que mirar la quiniela”.
lunes, 5 de septiembre de 2011
La verdad verdadera
Antonio era un niño mentiroso por naturaleza. En su cabecita se formaban palabras ciertas pero en el camino hacia sus labios se transformaban en historias increíbles.
Contaba que la maestra lo ponía a hacer de espantapájaros. Pero no le salía bien y se le llenaban los brazos de mirlos y petirrojos.
Solía decir que en el monte habitaba una princesa. Era hermosísima pero estaba encantada y no podía volver al pueblo.
Un día se topó con un oso de seis metros. De un zarpazo le quitó el pan y le dejó esas marcas en la espalda.
Y lo más increíble, contaba que por las noches, cuando todos dormían, le visitaba un monstruo con la cara de su padre.
jueves, 1 de septiembre de 2011
Cosas de la guerra
De niña pasaba los veranos con mis abuelos en el pueblo. Me gustaba acompañar a mi abuela al cementerio y leer los nombres de los muertos. Imaginarme sus vidas. Había una lápida sin nombre. Sólo una cruz grabada, unas iniciales y unas fechas que terminaban en el 37 y que daban como resultado dieciocho años. Mi abuela nunca supo decirme quién era. O nunca quiso. Cosas de la guerra, niña. Y yo, que entonces entraba en la adolescencia, adornaba la muerte de aquel muchacho con un halo de romanticismo. Morir tan joven luchando por tus ideales me parecía conmovedor. Luego crecí, leí, escuché los jirones de historias que todavía flotaban en el pueblo, en mi barrio, en las conversaciones de mis padres. Ahora miro a mi hijo de dieciocho y comprendo el significado de aquella lápida. Tan sólo una muerte absurda.
viernes, 19 de agosto de 2011
Demasiado tarde
Aquí vinimos a descansar, deje la costura Paquita, que nos vamos a quemar la retina… La enfermera deja el vasito con las pastillas cerca de la anciana mientras le retira amablemente las agujas de hacer punto. Ella se deja hacer pero en cuanto se aleja vuelve a cogerlas. “Descansa tú guapa, que yo no estoy cansada. Además tengo que acabar la bufanda para mi hijo. Me va a oír. Hace más de un mes que no viene, desde que me trajo esos papeles. ¡Ah no!, pero la próxima vez no firmo nada y le pienso decir que me vuelvo a mi casa”.
martes, 16 de agosto de 2011
Dos arrugas
Tenía dieciséis años cuando la guerra la pilló en Madrid. Cuando sonaban las sirenas se escondía junto a la familia para la que trabajaba en el hueco de la escalera. Más de una vez oyó caer los obuses cerca pero nunca tuvo miedo. La inocencia o la soberbia de la juventud la protegían del terror. La comida comenzaba a escasear. Y un día se llevaron a uno de los señoritos en plena noche. Para unas preguntas, dijeron. Nunca volvió. Ella tampoco preguntó. Pero cuando recibió la carta de su madre diciéndole que su hermano había muerto en el frente envejeció de golpe. Me dijo que ese día en su frente aparecieron dos arrugas. Esas que a mí tanto me gusta acariciar.

* Microrrelato presentado al concurso de la Cadena Ser "Memorias de una guerra"
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