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viernes, 13 de julio de 2012

El camino difícil




          No sé cómo me he metido por este camino. Pensé que era un atajo y resulta que ahora voy a tardar el doble. Mira que ya me lo había dicho la Juliana. “Si lo que quieres es dar una vuelta por el campo, coge el sendero de “Los Pollos”, que tienes un paseo bien bonito. Nada más pasar la choza que queda a la izquierda, date la vuelta y, entre que vas y vienes, ya has andado más de una hora”. Así que la dejé ahí renegando de “la manía que tienen los jóvenes ahora de andar sin tino ni camino” y seguí sus instrucciones.

        El caso es que aquí estoy en mitad del campo, sola, sin cobertura de móvil y perdidísima. Hace rato que cogí una pequeña senda que salía a la derecha, un poco más allá de la choza. Me dije a mí misma: “Seguro que la vieja no me ha dicho nada de atajos por no confundirme. Debe pensar que los de ciudad somos idiotas y por eso me ha dicho simplemente que me vuelva por donde he venido”. Así que seguí caminando por el supuesto atajo, confiando, sin saber por qué, en mi sentido de la orientación.

        La verdad es que podía haber hecho lo que me había dicho. La Juliana tenía razón. Ha sido un recorrido bien bonito. Un camino ancho de tierra allanada con algunos desniveles y curvas ligeras que asciende suavemente hacia la sierra. A ambos lados unas vistas hermosas de almendros salvajes, encinas y todo tipo de arbustos aromáticos: romero, tomillo, manzanilla… A medida que me he ido adentrando en la sierra los pinos han comenzado a sustituir a las encinas y al llegar a lo que se suponía debía ser el punto de vuelta atrás he dado con un inmenso pinar donde no he podido resistir el impulso de tumbarme sobre el suelo cubierto de agujas. Con los ojos cerrados he oído el viento susurrar entre las copas de los árboles y los pájaros silbar, y he aspirado el olor a resina y a libertad.  Durante unos minutos he sido capaz de dejar mi mente en blanco y no he tenido miedo. Pero al rato el jodido sentido común me ha dicho: “Levántate y no hagas más el idiota, que dicen que por aquí hay muchos jabalíes”. 

        Al abrir los ojos he visto una senda estrecha apenas visible entre los pinos que se inclinaba hacia abajo torciendo aparentemente en dirección hacia el pueblo. Me ha dado la sensación de que podía salir a la altura de Las Eras. Así que sin pensarlo más me he metido entre los pinos y aquí estoy. Son tan tupidos que en algunos trechos apenas entran los rayos del sol. Eso me agobia un poco porque miro el reloj y son las 6:30 de la tarde. Estamos en abril y debe quedar poco tiempo de luz. Intento disfrutar del paisaje, de los olores del bosque cada vez más intensos y de los sonidos que puedo percibir cada vez más claros y más cerca. Llevo casi tres cuartos de hora caminando por el campo, apartada de la civilización y de mi vida. Es exactamente lo que quería pero empiezo a echar de menos cosas tan prosaicas como mi sofá, mis zapatillas o un café calentito. No sé por qué pero también añoro mi cama y las madrugadas perezosas con Juan a mi lado…

          Siempre escojo el camino más difícil. Es un hecho. En cada uno de los momentos claves de mi vida en los que hay dos alternativas: la sencilla y la enrevesada, elijo siempre la segunda. Debo ser masoquista porque lo más gracioso es que, tarde o temprano, llego al mismo sitio que si hubiera elegido el camino fácil. Eso sí, llego exhausta y tardo el doble. Como ahora. Tengo hambre y estoy cansada y asustada.  No sé por qué cada vez recuerdo con más nitidez mi casa, a mi marido esperándome con su sonrisa llana y sus abrazos cálidos. Tengo ganas de llegar ya. Supongo que la Juliana se dará cuenta si no vuelvo. Es un pueblo pequeño, la gente siempre está al tanto de todo. Sobre todo los viejos, que no tienen nada que hacer y todavía tienen ese sentido de la vecindad que se ha perdido en las ciudades.

        Oigo crujidos de ramas por todas partes. Serán los bichos del campo. Por aquí no debe pasar un alma casi nunca. Seguro que no están acostumbrados a ver gente. Espero que estén tan aterrados como yo y se escondan de mi vista. Lo cierto es que es hermoso todo esto y el paseo se está convirtiendo en una experiencia muy real. Es lo que quería, ¿no? Como cuando lo mandé todo a la mierda para vivir una historia de verdad con Pablo. “Arrepiéntete siempre de lo que no has hecho, no de lo que has hecho”, me digo a mí misma sin mucho convencimiento. Una frase muy bonita y muy complicada de poner en práctica.

        Hace seis meses me encontraba en un momento duro. Pensé que estaba enferma. No sabía muy bien qué era, pero era como si me faltase el aire, como si se me hubiera abierto un boquete en mitad del estómago y me fuera tragando a mí misma poco a poco. El trabajo, la casa, los niños, el marido, la rutina. La bendita rutina de mi vida gris. Entonces apareció Pablo y me mostró una vía alternativa de emociones que creía olvidadas. Fue como si de repente tapara el agujero por el que me estaba muriendo y me llenara de vitalidad. Dejó de importarme todo. Tan sólo quería sentir esa sensación de embriaguez que me llenaba cada vez que me hacía el amor en su apartamento repleto de objetos exóticos traídos de lugares a los que yo siempre quise ir y no pude, de los libros que yo no había escrito y en mi lugar lo hizo él, de la vida que yo había soñado cuando era más joven y que se había transformado en un matrimonio con hijos convencional. Con él, por primera vez en mucho tiempo, el mundo dejó de devorarme y empecé a devorarlo yo.

       Pero, como se suele decir, es peligroso conseguir lo que deseas, adentrarte en caminos tan tentadores. Al final, no todo es como parece y yo no soy la que pretendí ser, sino la que soy. Madre, esposa, trabajadora, una mujer anónima con una vida sencilla y cómoda. Echo de menos a mis hijos, levantarme cada mañana y darles un beso a cambio de sus gruñidos matutinos, despertarme a las ocho los sábados con sus gritos y sus risas, hacer un cocido a toda prisa para bajar a dar un paseo por el barrio y tomarnos el aperitivo en el bar cutre de siempre con los amigos simples de siempre. Y sobre todo, echo de menos los abrazos de mi marido, Juan. Él me recogía cada vez que me caía al suelo y me sentía a salvo…

       Ya casi es de noche. Los pinos se están transformando en figuras espectrales y la probabilidad de tener que pasar la noche al raso es cada vez mayor. El pánico se apodera de mi estómago y voy a vomitar. Quiero volver a casa. Si pudiera encontrar el camino de vuelta al pueblo, a mi vida… Creo que a lo lejos veo unas luces, pero ya no sé si son imaginaciones mías. A pesar de que se me están quedando las piernas entumecidas del frío, me obligo a seguir para averiguarlo. Por fin, ahí está. A lo lejos se ve el pueblo. Ya casi sueño con el baño que me voy a dar en la casa de mis abuelos en cuanto llegue. Fue una suerte conservarla y que nadie suela venir. “No hay mejor lugar para perderse”, me digo.

          Miro el móvil y me sorprendo de que tan sólo haya pasado una hora desde que salí. Estoy dejando atrás el bosque y siento que una parte de mí se ha quedado ahí dentro, pero no la echo de menos. Al contrario, me siento más ligera. Ha vuelto la cobertura y necesito hablar con alguien para decirle que estoy aquí y que estoy viva. Marco automáticamente y no me doy cuenta de a quién estoy llamando hasta que la voz grave y serena de Juan me contesta. “He vuelto”, le digo con un hilo de voz. Él me contesta: “Te estaba esperando”.



viernes, 23 de diciembre de 2011

La otra cara del invierno


Hoy no hay mucha gente por la calle. Claro, con este frío. Menos mal que el quiosquero de la esquina me ha dado estos cartones tan buenos. Entre eso y el par de mantas gordas que me dieron el otro día creo que podré aguantar bien. ¡Que sí, cómo no voy a aguantar si yo he estado a 20 bajo cero allá en mi país!... El caso es que hoy tengo frío... Bueno, será normal, ya no soy tan joven y además ya me había acostumbrado a los inviernos suaves de Madrid. Y de repente este año le da por hacer un frío de la hostia.

El caso es que yo debería aguantarlo bien, pero hoy... Será que ya llevo varios días aquí sin moverme de mi cajero. Pero es que no tengo ganas de andar por ahí. Hace mucho frío. Y además he visto a un tío nuevo que no hace más que merodear para levantarme el sitio al primer descuido. Así que no pienso moverme. Menos mal que Mariluz me trajo ayer un par de cartones de vino. Es buena gente esta tía, la pobre. No sé porqué estará en la calle, si parece guapa y educada. Bueno, a veces se le va un poco la olla, creo que no está bien del todo. Vete a saber.

Voy a echar un trago de vino a ver si entro un poco en calor. Lo que daría por una buena botella de vodka, eso si que te hace entrar en calor y no esta mierda de agua sucia que te venden por vino. En fin, es lo que hay... ¡Vaya, si juraría que ha caído un copo de nieve!... No puede ser. Sí, si puede ser. ¡Cómo cae! Yo creía que en España no nevaba... No siento la mandíbula. Los dedos hace días que no los siento del todo... ¡Joder, qué frío!. Como esto siga así me voy a congelar.

Qué perra es la vida, tiene cojones, dar tantos tumbos por el mundo para morir de frío en el país del sol. Mira, socio, te digo una cosa, cómo pasen otra vez los polis y me digan que me vaya al albergue me voy. Hoy si que me voy, y mira que me jode, ¿eh? Que yo siempre he sido un tío duro y además no soporto que nadie me diga lo que tengo que hacer, ni dónde tengo que dormir, ni qué tengo que comer. Pero hoy me duelen tanto los dedos... Podría irme al metro. Pero no, está muy lejos y no tengo ganas de moverme... Además, seguro que está lleno de gente y no quiero hablar con nadie. Hoy no.

Pero ¡qué van a pasar los polis!. ¡Qué va a pasar nadie por aquí ya con lo que está cayendo!... Ya deben ser las ocho porque la vieja de la floristería se acaba de ir. Hoy ni siquiera ha salido a echarles la bronca al par de chicas que se han parado en la puerta a tocar sus putas plantas. Debía tener frío la vieja y pocas ganas de salir a ponerse a gritar como una loca bajo la nevada. En fin. Voy a echar otro trago de vino, que me está entrando sueño a ver si me entona y me duermo y pasa pronto esta noche de perros.

Y pensar que yo he pasado los inviernos a veinte bajo cero... Será que me hago viejo, será que me he acostumbrado al calor de Madrid. A ver si pasan los polis y me dicen que me vaya. Y llaman a una ambulancia y me llevan porque yo ya no puedo moverme. No tengo ganas... Vaya! Vienen dos niñatos con ganas de juerga. Pues bueno, pues si quieren que me den. Creo que hoy ya no siento nada. Voy a echar un trago. Bueno, ya se van, con este frío se irán a su casa los cabrones, claro. Aquí van a estar perdiendo el tiempo con una mierda de mendigo.

Tengo mucho sueño. Voy a echar una cabezada que ya se me está pasando el frío. Ya me encuentro mejor, qué sueño más dulce me está entrando. Hacía tantos años que no dormía tan bien. Sí, ahora lo recuerdo, desde que era un niño y mi madre me cantaba nanas mientras yo me quedaba dormido, acurrucado en mi cama caliente bajo el peso de las mantas suaves y blandas. Y mi madre canta y yo me duermo y me acurruco más bajo mis mantas y al fin siento su beso cálido y dulce en mi frente de niño inocente.