Pues resulta que había una vez una mujer que desde pequeñita tuvo el gusanillo de escribir. Los años fueron pasando y ella no dejaba de rellenar compulsivamente cuartillas, libretas usadas y servilletas de bar. El vicio no se le quitaba a pesar del hastío de la cotidianeidad, del trabajo gris y de la exigencias de la maternidad y la vida corriente.
Un buen día y gracias a las nuevas tecnologías y a los ánimos incansables de su compañero de viaje (18.000 besos para él) se decidió a publicar sus cosillas en la red, con la sorpresa de que hubo gente a la que le agradaba lo que escribía. Poco después pudo conocer cara a cara a los autores de los comentarios, maniáticos de esto de juntar letras como ella y descubrió que eran muchos y muy buenos, buena gente y buenos escritores anónimos, nadando libres fuera del cauce comercial.
En fin, que hace un año que comenzó esta historia que me ha traído muy gratas experiencias y no quería dejar pasar la oportunidad de predicarlo a los cuatro vientos. Ni yo misma hubiera creído que llegaría a cumplir el añito.
Sé que soy inconstante y que tengo a mi criaturita un poquito abandonada pero siempre que puedo, vuelvo, la miro y me admiro. Le doy un beso, acaricio los comentarios de los incondicionales y me digo, mañana la peino y la visto de domingo. Mientras tanto aquí seguimos en la batalla tanto ella como yo.
Muchas gracias a todos por estar ahí y hacerme la vida un poquito más feliz.