miércoles, 21 de junio de 2017

El bosque perdido





João está sentado en el patio de su casa. Mira sin apenas ver cómo arde el monte, cada vez más cerca.  Un humo denso cubre el cielo y llenándolo todo de olor a quemado.  Su hija María le coge la mano. No se irán a ninguna parte.  Si el destino quiere que acaben carbonizados entre las paredes de su casa, así será.  Intenta al menos que João no se asfixie, le moja la cara y le afloja la camisa para aliviar el calor sofocante. A su lado tienen el pozo aunque está casi seco:  apenas medio metro de agua en el fondo.  Vano consuelo, porque ella sabe tan bien como él que será imposible bajar hasta allí con un viejo de ochenta y cinco años cargado a cuestas.
A João le lloran los ojos por el humo que le rodea, pero también le lloran desde dentro. Desde sus recuerdos infantiles, cuando podía ver con claridad los alcornoques y robles que aún crecían al pie de su aldea.  Joao aprieta con fuerza los párpados, se concentra y consigue tumbarse entre la maleza. Con los ojos cerrados vuelve a escuchar el canto de los  “carrapitos”, los carboneros y los herrerillos alborotando alegres entre olmos, abedules y  fresnos. Casi olvida la sonrisa de su nieto anunciando que le contrataban en la fábrica de papel y el silencio de sepulcro que trajeron los malditos eucaliptos. Esos árboles cuyo único visitante es el fuego,  puntual cada verano con su canto horrendo de llamas chasqueando.  

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