viernes, 28 de octubre de 2016

Marina



Cuenta la leyenda que un día salió del mar una mujer extraña. Tenía los ojos verdes, el cabello enredado en algas y una concha en su mano que no quería soltar. Ese mismo día nacieron muertos varios niños en el pueblo.  Todos pensaron que era una bruja. Pero el viejo farero,  hombre huraño y poco amigo de supersticiones,  le dio cobijo. Ella nunca dijo una palabra. Él tampoco necesitaba explicaciones. Acostumbrado a la soledad de su faro agradecía la compañía silenciosa. Una mañana la  mujer bajó a pasear a la playa. Ya de noche, cuando el farero fue a buscarla encontró  en la oquedad de una roca una niña recién nacida. A su lado estaba el colgante con la concha que el farero le había hecho a la mujer misteriosa. Como nadie reclamó al bebé, el hombre la crió como su hija, así que el pueblo entero dio por sentado que el farero era su padre y nadie hizo preguntas.

Marina fue el nombre que escogió para ella. Era una niña alegre a pesar del rechazo de los demás. Los años pasaron y Marina dejó de mostrar sonrisas y cada vez hablaba menos y cada vez paseaba más por la playa y se sentaba en los acantilados durante horas a mirar el mar con ojos de añoranza. De vez en cuando visitaba el cementerio que había tras la ermita de la Virgen del Carmen y se sentaba en una de las tumbas desde las que se podía contemplar el océano y sentir la brisa salada.

Marina cuidó al farero, ya anciano, hasta el último aliento, que llegó una noche inusualmente clara y con la mar muy en calma. Dicen que fue un  31 de octubre.  Marina se despidió de él, le dejó en la cama y bajó a la playa.  Pero justo antes de llegar a la roca donde había nacido, el mar dejó a sus pies un cuerpecito. Estaba azul  y un poco hinchado.  Al día siguiente se celebraron dos entierros en el cementerio de la ermita. Uno el de su padre y el otro el del niño que Marina encontró. Cuando todo el mundo se fue, Marina se acercó al pequeño montículo de tierra recién removida y colocó encima su concha.


Durante muchos años todos los enterramientos de niños aparecían al día siguiente con una concha puesta encima con mucho mimo. Y cada 31 de octubre una concha más era colocada en cada tumba infantil. Marina dejó de existir hace ya mucho tiempo. Se hizo vieja y un día simplemente ya nadie la volvió a ver. El cementerio ya no se usa pero cada año, la noche de los muertos, alguien acude puntual a la cita y coloca una concha más.