lunes, 13 de febrero de 2012

El impostor


De pequeño todos decían que era un niño con una imaginación desbordante. Un eufemismo trillado que ocultaba el frío diagnóstico del psicólogo infantil: mentiroso patológico. Al principio eran asuntos sin importancia, como inventarse que su padre era bombero o que su madre trabajaba de enfermera. Con el tiempo, la cosa se fue complicando. Al cumplir los doce años contaba a sus amigos que en las vacaciones había recorrido Alaska en el trineo de su tío o que en el trastero tenía escondido un pony que le habían regalado sus abuelos, los que vivían en Rusia. Así que mientras él disfrutaba de la admiración y el protagonismo de toda la chiquillería, narrándose a sí mismo como el personaje principal de historias a cuál más increíble, sus progenitores comenzaban a preocuparse por la fantasía constante en la que vivía su hijo. 

Con el tiempo, todos se acostumbraron a su manía de deformar la realidad a su antojo. Algunos optaron por esquivarle hartos de escuchar embustes y de intentar adivinar cuál de las palabras que salían de sus labios eran ciertas.  Otros, los menos, los que por parentesco no podían desvincularse de personaje tan exasperante y los poquísimos amigos que tenían la paciencia de escuchar sus desvaríos siguieron haciéndole de público impenitente. 

Los años le enseñaron que debía moderarse en su afición por los enredos si no quería ser repudiado por todos. Bastantes problemas le acarreó su vicio en la universidad y se metió en numerosos líos de faldas. De forma que intentó con ahínco corregirse, desintoxicarse, pero la falacia estaba ya tan arraigada en su ser, que formaba parte de su naturaleza. Aunque al final consiguió volverse más sutil, más elegante elaborando cuentos de tal modo que ya en la edad adulta consiguió embaucar a no pocos amigos, familiares y mujeres.

Contra todo pronóstico, se casó con una buena muchacha, tuvo un par de hijos y logró  prosperar como nadie en la multinacional en la que trabajaba. Siempre tuvo una memoria prodigiosa donde almacenaba con mimo todas y cada una de las patrañas que a lo largo de su  vida fue elaborando, con un departamento exclusivo para todo lo relacionado con sus múltiples asuntos de cama y otro, como no, para las conspiraciones empresariales.

El problema le surgió hace apenas dos años, recién jubilado. Un día se olvidó de su clave para acceder al móvil y estuvo una semana intentando recordarlo. Poco después confundió el nombre de su mujer con el de su última amante, un desliz imperdonable para él, todo un artista del embuste. Pero el hecho que lo llevó definitivamente a la consulta del neurólogo fue cuando firmó en el banco con otro nombre y se empeñó durante tres días en mantener que se llamaba así.  Luego vinieron las verdades ocultas, enterradas durante décadas y apenas entrevistas entre tanta ficción, el desprecio de los hijos ante el ser recién descubierto, la caída en desgracia, los insultos de propios y extraños, el abandono.

Sin embargo, a estas alturas, a él ya no le importa nada. Se ha perdido tan irremediablemente en su océano particular de historias no vividas, de imposturas y de nombres falsos que las pocas veces que consigue recuperar un trocito de su maltrecha memoria ya ni siquiera está seguro de que ese recuerdo pertenezca a su vida real o simplemente sea una escena de alguna de sus muchas fábulas. 


4 comentarios:

  1. Cuando la verdad se pierde entre las mentiras. Creo que detrás de este texto se esconde una historia más larga... Me ha gustado. Y esto es verdad :-)
    saludillos

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  2. Lo cierto es que para mentir bien hay que tener muy buena memoria, pero cuando ésta falla...
    Me gustó mucho, Sara.

    Un beso.

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  3. Al final sus mentiras serán el colchón de su vejez sin memoria.
    Me gustó.

    Besitos

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  4. Muchas gracias por la visitilla, chicas. Me alegro de que os haya gustado.

    Abrazos

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