miércoles, 29 de febrero de 2012

Obstinación


Para no tener que quitar cagadas, cambiaron los nidos por hierros puntiagudos. Las cigüeñas son obstinadas. Ahora hay que limpiar la sangre.

lunes, 27 de febrero de 2012

Tristeza


Era tanta la tristeza que rezumaban sus ojos cada vez que los sacaba del fondo del vaso, que todos huían. Presto, el camarero le ponía otra.

viernes, 24 de febrero de 2012

Las siete vidas


Tenía alma de gata callejera: imposible encerrarla. Desde la ventana la ví, desmadejada en la acera, consumidas las siete vidas de golpe. 

miércoles, 22 de febrero de 2012

Naufragio


Son las doce horas, un minuto y quince segundos. La mesa está hecha un desastre, el champán por el suelo, cristales y cubiertos esparcidos. Y una pasta pegada en la alfombra mezcla de uvas y polvorones pisoteados. Ni cuando estaban los cuatro niños hubo tanto destrozo. Sus manos se aferran al palo de la fregona, único mástil en aquel naufragio. Él la mira con ojos vacíos desde el sofá, la cara azul y un hilo de baba dulce resbalándole por la comisura. Inmóvil, por lo demás. Como siempre.

lunes, 20 de febrero de 2012

El bulto


Los pechos rebosantes, doloridos, la lentitud de movimientos, la nostalgia de los besos, el resentimiento por el abandono y el odio por su causante, que llegó y se instaló en su vientre sin preguntar. Intentó ignorarlo, borrarlo de su mente. Pero aquello creció ajeno a los vaivenes del mundo. Y un día, sintió un desgarro en las entrañas y un bulto resbaladizo entre las piernas. Lo recogió entre las manos temblorosas y torpes y lo estrechó contra el pecho, dulce, fuertemente. Un poco más y ya no se oiría el maullido. Pero de pronto, sin saber cómo, el bulto se le prendió de un pezón. Ella aflojó el abrazo, lo miró por primera vez, alucinada… y nada más existió.

domingo, 19 de febrero de 2012

Así es imposible dormir (II Macroquedada de Microrrelatistas)

De la emoción me costó conciliar el sueño... Por que ayer, por si alguien no lo sabe,  nos volvimos a reunir unos cuantos viciosos de esto de juntar letras, unos cuarenta nada más. Después de llenarnos la barriga en la Casa de León, que se está convirtiendo en un lugar emblemático para los microrrelatistas, pudimos disfrutar de la lectura de micros de los nuevos y de los veteranos. Ni unos ni otros me defraudaron. Cuánto talento por descubrir hay por ahí. Luego vino el consabido intercambio de micros tuneados, en el cual tuve la fortuna de recibir el de Pablo Garcinuño. Además  de ser un micro excelente venía con un aparato la mar de útil. Pego foto por si alguien no lo vio. 

Te aseguro, Pablo, que no pienso tirarlo, que no están los tiempos como para derroches. Además el micro me encanta. Con tu permiso lo transcribo porque la foto no es muy buena y no se lee bien:


Así es imposible dormir

Cada noche se le aparece el fantasma de su abuela. La anciana va en pijama, bata y zapatillas de andar por casa. Su aspecto, a pesar de lo familiar del atuendo, es espectral. Se acerca al nieto y le dice con voz de otro mundo: "No me pises los fregaos". Luego suele desaparecer.

Genial. 

Para terminar el día nos fuimos unos cuantos a tomar unas cañitas y allí pude intercambiar impresiones (las mías buenas) con caras conocidas y nuevas. Me encantó volver a ver a mi ranita preferida, a la dinamitera del grupo, a la entrañable Su, a mi vasca del alma, a mi payaso loco y demás. Perdonadme si me olvido de alguno. Por supuesto, también me gustó ponerle caras a nombres que para mí son ya amigos, como Nicolás (con quién me quedé con ganas de charlar más), MJ, o Elysa.

Un abrazo fuerte para todos y gracias por hacerme un poquito más feliz. 

Sara NY





viernes, 17 de febrero de 2012

Tonalidades


De tanto llevar gafas de sol ya sólo veía la vida con colores sombríos. El amarillo era ocre, el verde era caqui y el rojo, sangre.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Gotas


Te miro tumbada en la arena. De pronto comprendo. Esa gota salada que lame tu espalda es hermana de esta otra que resbala por mi mejilla.

lunes, 13 de febrero de 2012

El impostor


De pequeño todos decían que era un niño con una imaginación desbordante. Un eufemismo trillado que ocultaba el frío diagnóstico del psicólogo infantil: mentiroso patológico. Al principio eran asuntos sin importancia, como inventarse que su padre era bombero o que su madre trabajaba de enfermera. Con el tiempo, la cosa se fue complicando. Al cumplir los doce años contaba a sus amigos que en las vacaciones había recorrido Alaska en el trineo de su tío o que en el trastero tenía escondido un pony que le habían regalado sus abuelos, los que vivían en Rusia. Así que mientras él disfrutaba de la admiración y el protagonismo de toda la chiquillería, narrándose a sí mismo como el personaje principal de historias a cuál más increíble, sus progenitores comenzaban a preocuparse por la fantasía constante en la que vivía su hijo. 

Con el tiempo, todos se acostumbraron a su manía de deformar la realidad a su antojo. Algunos optaron por esquivarle hartos de escuchar embustes y de intentar adivinar cuál de las palabras que salían de sus labios eran ciertas.  Otros, los menos, los que por parentesco no podían desvincularse de personaje tan exasperante y los poquísimos amigos que tenían la paciencia de escuchar sus desvaríos siguieron haciéndole de público impenitente. 

Los años le enseñaron que debía moderarse en su afición por los enredos si no quería ser repudiado por todos. Bastantes problemas le acarreó su vicio en la universidad y se metió en numerosos líos de faldas. De forma que intentó con ahínco corregirse, desintoxicarse, pero la falacia estaba ya tan arraigada en su ser, que formaba parte de su naturaleza. Aunque al final consiguió volverse más sutil, más elegante elaborando cuentos de tal modo que ya en la edad adulta consiguió embaucar a no pocos amigos, familiares y mujeres.

Contra todo pronóstico, se casó con una buena muchacha, tuvo un par de hijos y logró  prosperar como nadie en la multinacional en la que trabajaba. Siempre tuvo una memoria prodigiosa donde almacenaba con mimo todas y cada una de las patrañas que a lo largo de su  vida fue elaborando, con un departamento exclusivo para todo lo relacionado con sus múltiples asuntos de cama y otro, como no, para las conspiraciones empresariales.

El problema le surgió hace apenas dos años, recién jubilado. Un día se olvidó de su clave para acceder al móvil y estuvo una semana intentando recordarlo. Poco después confundió el nombre de su mujer con el de su última amante, un desliz imperdonable para él, todo un artista del embuste. Pero el hecho que lo llevó definitivamente a la consulta del neurólogo fue cuando firmó en el banco con otro nombre y se empeñó durante tres días en mantener que se llamaba así.  Luego vinieron las verdades ocultas, enterradas durante décadas y apenas entrevistas entre tanta ficción, el desprecio de los hijos ante el ser recién descubierto, la caída en desgracia, los insultos de propios y extraños, el abandono.

Sin embargo, a estas alturas, a él ya no le importa nada. Se ha perdido tan irremediablemente en su océano particular de historias no vividas, de imposturas y de nombres falsos que las pocas veces que consigue recuperar un trocito de su maltrecha memoria ya ni siquiera está seguro de que ese recuerdo pertenezca a su vida real o simplemente sea una escena de alguna de sus muchas fábulas. 


viernes, 10 de febrero de 2012

Piel


Volamos raudos a tocar su piel.
Pero ella,
indiferente a la guerra,
se tumbó sobre la hierba,
triste, indolente,
apenas un hilo de baba
resbalando por la comisura.
Más con desgana que por defenderse
 soltó la botella
y de la boca le salió un gemido,
¿acaso un estertor?
Algunos dudaban,
pero finalmente
volamos, corrimos,
reptamos todos a tocar su piel.
Era suave
y estaba aún caliente.
Tenía las manos finas
y un poco azules.
La invadimos sin pudor.
Se dejó hacer.
No podía hacer ya nada.
Subimos por su pecho
 y con paciencia
logramos horadarle el corazón.
Era dulce y brillante...
y un poco seco.
Otros, más golosos, más vagos
prefirieron libar de la botella
que yacía a los pies.
Murieron ebrios de pena.

Sara Nieto Yuste
España

Con este poema participo del cuarto Concurso de Poesía de Heptagrama.

miércoles, 8 de febrero de 2012

La suerte del principiante


No hacía calor, pero el sudor me empapaba las manos. Sujetaba el cartapacio con las escrituras del piso y los demás papeles. No sabía cómo decírselo. “Hijo, yo lo que quiero es poder morirme en mi casa”. “En mi casa”, recalcaba. Y su voz de vieja quebradiza sonaba en mis oídos de abogado recién estrenado. 

De pronto, el suelo tembló, y antes de que me diera tiempo a cruzar la calle, un estruendo descomunal me dejó clavado en el sitio. Atónito, comprobé cómo el edificio se caía a plomo entre una nube inmensa de polvo. Cuando se dispersó tan sólo quedaba un socavón. Tras el estupor inicial, respiré aliviado. Estaba vivo, no había tenido que darle las malas noticias a la señora Paquita y ella por fin había visto cumplido su sueño.

P.D. En este caso la foto es de Miguel Molina y está sacada de esta entrada.

lunes, 6 de febrero de 2012

Amor estacional


Aprovechando que aquel invierno fue el más crudo que se recordaba cogí un puñado de besos y los lancé al aire helado. Se congelaron casi al instante formando unos curiosos cubitos de formas y colores variados. Los junté amorosamente pensando en ti. Estaba segura de que te impresionaría mi regalo de cumpleaños y volverías a por más. Pero esta vez te los daría al natural. Los envolví con cuidado en papel de aluminio y los introduje en una bolsa de esas para conservar en frío, temerosa de que con el traqueteo del viaje pudieran deshacerse. Luego me dirigí a la oficina postal y dejé en manos del funcionario de turno mi paquete cargado de promesas en conserva. Para asegurarme de que llegaran a tiempo contraté el servicio urgente. Luego me senté a esperar junto al teléfono. Llevo dos meses en un constante ir y venir del contestador al buzón y sigo sin recibir noticias tuyas. Quizás me equivoqué de regalo y entendiste mal el mensaje de mis besos fríos. O quizás, a pesar de todas mis precauciones, se derritieron en el camino.

Por eso hoy he decidido intentarlo de nuevo y he ido recogiendo una a una mis lágrimas por ti. Aún están calientes pues aquí ya llegó la primavera, así que no hay riesgo de que se derritan esta vez. Sólo espero que al llegar a su destino conserven algo del calor con el que mi corazón te aguarda y para cerciorarme las he guardado en un termo. El de correos no sospecha que acabo de depositar mis últimas esperanzas en sus manos. Pesa el paquete y teclea el destino mientras se queja del calor. De pronto me sonríe y comenta el frío que debe hacer allá donde tú estás. “En las noticias dicen que hace tanto, tanto, que allí hasta las lágrimas se congelan”.

viernes, 3 de febrero de 2012

Suciedad


Con aliento de menta se sentía limpia al menos durante unos minutos al día. Lástima que no inventaran nada parecido para el alma.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Un milagro en la mesa


Habría sido muy eficaz. Estaba seguro. Habría podido incluso con los nudos rebeldes de Marinita por las mañanas… si el destino le hubiese llevado a la planta de fabricación de artículos de peluquería en vez de a la de cuberterías. Tenía un cuerpo brillante y espigado, de un acero anodino como cualquiera, pero todo sea dicho, con unas bonitas incrustaciones en oro: dos letras, la S y la T. La S por Susana y la T por Tomás. Se dijo que debía estar orgulloso pues no era un tenedor cualquiera, de los que se usan a diario para pinchar trozos de filete de segunda o vulgares tortillas francesas. Había sido encargado ex profeso para formar parte del ajuar del matrimonio García-Medina y descansar en su estuche junto con los demás componentes del regimiento a la espera cada Navidad de lucirse trinchando pavos, conteniendo sopas de marisco o cortando solomillos. Cada Navidad. Una vez al año. Una vez cada 365 días, a veces cada 366.

Menos mal que Jaime, el pequeño se aprendió pronto el escondite del cajón de los cubiertos y jugaba a hacer música con ellos a la primera de cambio. En esas ocasiones él siempre se las arreglaba para desaparecer bajo el sofá o para ser oportunamente empujado por un zapato al descuido y lo más cerca posible del baño. Desde allí suspiraba con ser un peine de finas púas y recorrer todos los días las melenas femeninas de la casa: la de Susana y por supuesto la de Marinita. Esos cabellos ondulados, de color miel le atraían de una forma irresistible. Envidiaba la colección de peines y cepillos que descansaban en perfecto orden de formación sobre la encimera del baño, siempre dispuestos a convertirse en un sagaz instrumento de tortura o de placer según la mano que los esgrimiese. Pero siempre acababa localizado y convenientemente guardado en su ataúd colectivo de terciopelo azul marino Allí, rodeado de mudos cubiertos a los que tanto les daba que fuera a acabarse el mundo mañana mismo su infelicidad, si es que los tenedores pueden sentirla, crecía un poquito más y se sentía desesperanzado.

Por eso el año que Marinita se empeñó en que pusieran espaguetis en Nochebuena y Susana accedió “a ver si por lo menos come algo, que esta niña se nos muere de hambre” casi no daba crédito. Y cuando en el reparto cayó en manos de la niña decidió creer en los milagros. Nunca en la historia de la cocina hubo unos espaguetis tan bien peinados.