miércoles, 28 de diciembre de 2011

En el país de las maravillas




Un olor acre penetró por su nariz casi al mismo tiempo que la naúsea se formaba en la boca de su estómago. Su príncipe, su niño yacía inconsciente en el suelo de aquella chabola inmunda. A su lado dormitaban dos piltrafas, restos de lo que un día fueron personas. Todos acababan de comprar un billete al país de las maravillas y se encontraban en pleno vuelo. Las jeringuillas por el suelo, las cucharas oxidadas, mugrientas, revueltas entre restos de algo que parecía comida, orines y mierda. Reprimió el vómito, buscó en sus recuerdos el niño dulce y sonriente que acunaba cada noche, para espantar a los monstruos. Y sacó del bolso una jeringuilla. Había tenido que pedir al tipo que se la vendió que se la preparara. Se acordó de cuándo le ponía la heparina a su padre postrado en la cama. Se acercó al despojo que era su hijo, se la clavó y nada más existió.

2 comentarios:

  1. Me gustaría creer que es solo un micro pero me temo que en algún lugar, en algín momento algo así ha ocurrido.
    Muy bien contado.

    Besitos

    ResponderEliminar
  2. Es una escena que bien podría pasar en ese Madrid de 99 palabras :-). Manejas la ternura con maestría pero cuando te pones radical... das miedo. Pedazo imagen. Y el título, impecable
    Saludillos

    ResponderEliminar