jueves, 11 de agosto de 2011

Dos padrenuestros y tres avemarías


Una sospecha cruzó su mente. Fue justo cuando aquel pájaro se posó encima de la figura del Cristo suplicante y cubierto de harapos. Era una paloma de un blanco níveo, puro… Inocente. Como el chico que acababa de enviar a prisión. El fallo lo tuvo claro nada más verle. Con esa pinta, esos agujeros por toda la cara, esos tatuajes en los hombros, ese pelo y esos pantalones rajados. Parecía que venía de otro planeta. Dónde estaban aquellos jóvenes de antes, con respeto por la normas, por las apariencias. Las pruebas resultaron exculparle pero él no se dejó engañar: su aspecto lo delataba. Estaba seguro hasta hoy… Para quitarse de encima la molesta duda ese día cantó la saeta más sentida de toda la procesión.

7 comentarios:

  1. ¿Es para Abogados? Está muy bien y además es una verdad como una catedral... Anda que no habrá jueces (y de todo) así...

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  2. Demasiados prejuicios hay por el mundo...

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  3. Lo que más me ha gustado es cuando purga su remordimiento con la saeta. Genial Sara.

    http://marhorno.blogspot.com/

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  4. Los prejuicios nos rondan, y este juez se deja llevar por ellos.

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  5. Pues no creo que le sirva de nada. Eso viene a ser como ir el domingo a misa después de haberse pasado la semana en otra frecuencia, (por poner un ejemplo, vaya). Pero el micro es exquisito.

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  6. Muy bueno. Que la realidad no le estropee una impresión a primera vista.
    Saludillos

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  7. Muchas gracias a todos. Por desgracia personajes así son más frecuentes de lo que sería desable.

    Besitos fuertes

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