lunes, 29 de agosto de 2011

Vivir en fuga

¡Qué ironía! Había conseguido sin proponérselo lo que durante toda su vida había soñado y recreado de mil maneras. Se la pasó huyendo de sí misma, siempre en fuga y siempre hacia delante. Primero una carrera que nunca quiso estudiar. Sin saber cómo ni por qué un “sí quiero” ante el altar sin creer ni en lo uno ni en lo otro. Más tarde, a su debido tiempo dos hijos sanos y hermosos. Lo tenía todo, dinero, posición, miradas de envidia y hasta una bonita figura después de los partos. Todo menos una vida propia. Es curioso que sólo durante las dos décimas de segundo que tardó en darse cuenta de que aquel coche iba a empotrarse a ciento veinte directamente contra ella se sintiera más viva que nunca.

jueves, 25 de agosto de 2011

La musa




Retuerce, amasa, engarza y pule las palabras con su pequeño lapicero gastado. Yo lo miro satisfecha y contrariada a la vez. Él no me ve. Pasado un rato suelto un suspiro resignado y me paseo con desgana por la habitación. Comienzo a aburrirme pero es tan adorable… No puedo reprimir una sonrisa tonta cuando le veo sacar la punta de la lengua por la comisura de los labios en esa mueca tan suya cuando está verdaderamente entregado a lo que hace.


Sé que debo irme. Otros me esperan, otros que quizá no lo merezcan tanto como éste. Por eso he decidido alargar mi visita un poco más, un par de días tal vez. Mientras tanto continuaré observándolo aquí tumbada en la cama. Espero que termine antes de irme. Sólo le quedan dos capítulos.

lunes, 22 de agosto de 2011

El tiempo en una sonrisa


En Toledo se enamoró un judío de una cristiana, un converso de una musulmana, una reina de bufón, un obispo de una meretriz, un juglar de una novicia, un rabino de una dama, un pintor de una muchacha… Unos amores fueron más afortunados, otros menos pero todos por igual al cabo dieron su fruto. El amor vive en Toledo y siempre fue caprichoso… , decía Jimena sin dejar de sostener mi mirada con sus ojos cristalinos, profundos y hechizantes. Yo dejaba que hablara, que su voz suave, crisol de otras muchas voces de muy diversos pasados acariciaran mi oído. Que me deleitara con historias de otros tiempos vividas en los mismos escenarios por los que paseábamos.

Tan absorto estaba disfrutando de la cercanía de su cuerpo cálido, de sus ojos de miel, que lo único que acerté a decir cuando me preguntó algo que no entendí bien fue: “¿puedes añadir a tu árbol genealógico un neoyorquino?” Jimena entonces, se detuvo y esbozó una sonrisa que contenía la dulzura de todas las mujeres tan dispares que la precedieron. Las campanas de la catedral comenzaron a tocar el ángelus y el tiempo se detuvo para siempre en esos labios.


viernes, 19 de agosto de 2011

Demasiado tarde




Aquí vinimos a descansar, deje la costura Paquita, que nos vamos a quemar la retina… La enfermera deja el vasito con las pastillas cerca de la anciana mientras le retira amablemente las agujas de hacer punto. Ella se deja hacer pero en cuanto se aleja vuelve a cogerlas. “Descansa tú guapa, que yo no estoy cansada. Además tengo que acabar la bufanda para mi hijo. Me va a oír. Hace más de un mes que no viene, desde que me trajo esos papeles. ¡Ah no!, pero la próxima vez no firmo nada y le pienso decir que me vuelvo a mi casa”.

martes, 16 de agosto de 2011

Dos arrugas

Tenía dieciséis años cuando la guerra la pilló en Madrid. Cuando sonaban las sirenas se escondía junto a la familia para la que trabajaba en el hueco de la escalera. Más de una vez oyó caer los obuses cerca pero nunca tuvo miedo. La inocencia o la soberbia de la juventud la protegían del terror. La comida comenzaba a escasear. Y un día se llevaron a uno de los señoritos en plena noche. Para unas preguntas, dijeron. Nunca volvió. Ella tampoco preguntó. Pero cuando recibió la carta de su madre diciéndole que su hermano había muerto en el frente envejeció de golpe. Me dijo que ese día en su frente aparecieron dos arrugas. Esas que a mí tanto me gusta acariciar.



* Microrrelato presentado al concurso de la Cadena Ser "Memorias de una guerra"

jueves, 11 de agosto de 2011

Dos padrenuestros y tres avemarías


Una sospecha cruzó su mente. Fue justo cuando aquel pájaro se posó encima de la figura del Cristo suplicante y cubierto de harapos. Era una paloma de un blanco níveo, puro… Inocente. Como el chico que acababa de enviar a prisión. El fallo lo tuvo claro nada más verle. Con esa pinta, esos agujeros por toda la cara, esos tatuajes en los hombros, ese pelo y esos pantalones rajados. Parecía que venía de otro planeta. Dónde estaban aquellos jóvenes de antes, con respeto por la normas, por las apariencias. Las pruebas resultaron exculparle pero él no se dejó engañar: su aspecto lo delataba. Estaba seguro hasta hoy… Para quitarse de encima la molesta duda ese día cantó la saeta más sentida de toda la procesión.

lunes, 8 de agosto de 2011

Martes y jueves de cinco a seis




Toca jotas, ayer sevillanas. Ya me sé todo el repertorio de música popular. Al principio me resultaba curiosa, diferente a la de mi país. Luego me harté y decidí contrarrestar. Encontré un disco de ritmos nigerianos y cuando empezaban lo ponía a todo trapo. Allí nunca me gustó mucho la música, pero con tal de no soportar los pasodobles… Un día subió un viejito del salón del Imserso. Creía que venía a quejarse. Pero me dijo que la subiera, que no la oían bien. Hoy toca jotas, pero mañana es martes y la clase de danza africana la imparto yo.

jueves, 4 de agosto de 2011

Pequeñas preguntas



–¿Y ésta es la famosa espada que todo lo logra? – dijo la pequeña duendecilla mirando incrédula el trozo de metal incrustado en la piedra.

–Sí – dijo ufano el gnomo –, seguro. El hombre que consiga sacarla lo tendrá todo: será rey de un imperio, tendrá a sus pies pueblos enteros que le rendirán homenaje, mujeres que le adorarán. Será un triunfador y ...

–No sé, no sé... ¿Y será feliz?


lunes, 1 de agosto de 2011

Certeza




El martes estuve con Ángel. Paseamos por la Casa de Campo. El paisaje era un poco deprimente, con los patos flotando sobre el lago de aguas turbias. Con las primeras putas que comenzaban a aparecer. Y el frío. Como el que había entre ambos.

No quise hacerle daño. Me lo he repetido tantas veces. Sin embargo, allí paseando entre los árboles desnudos con el viento de Madrid cortándome la cara, me pregunté por primera vez si a quien hice daño fue a mí misma.

Me pregunto si cuando pasen los años seguiremos viéndonos. Probablemente no. Casi puedo verlo perfectamente: casado, con un niño o dos quizás, mientras yo sigo sola. Y tal vez un día nos encontremos. Y hablaremos de cosas banales dejando de lado todas aquellas que de veras queremos preguntarnos. Y después de todo, seguiremos siendo ambos los mismos desconocidos que se cruzaron un momento antes. Volveremos a nuestras casas con un nuevo vacío en el corazón porque nos daremos cuenta de que el otro ha muerto hace muchos años, justo una fría tarde de invierno en Madrid, paseando entre los árboles grises de la Casa de Campo, mirando a las putas madrugadoras que se cruzan en su camino.